Publiqué en mi blog, hace dos años, un texto que quiero recrear para mi y para ustedes.
Depresión y pena no es lo mismo. El nombre que le damos a las cosas no es trivial, por cierto. Cuántas veces, en la consulta, una buena parte de lo que hacemos es nombrar y renombrar las cosas, los afectos, las situaciones. Quitar algunos fenómenos del lenguaje duro y objetivo de la ciencia les devuelve su humanidad, su cotidianidad o su carácter sagrado.
Sentir pena no es una anomalía. Está bien: es una señal de que hemos perdido, o creído perder, algo o a alguien. Y si más amaba o quería aquello, más pena ahora. Como ven, no me compro eso del no-apego para no sufrir. O sea, sí, pero no del modo en que suelo escucharlo en los predicadores del oriente express. Jesús lloró por su amigo muerto; si me dicen que eso es apego, pues que viva el apego y abajo los anestesiados aprendices de buda.
Honrar nuestra pena es honrar también la memoria de aquel o aquello que hemos perdido. Y nos puede movilizar a su búsqueda y recuperación, después.
Tampoco llorar es anómalo. Conocí a una terapeuta que preparó un remedio a alguien con sus lágrimas recogidas en un cristal; eso es magia, claro, y un gesto de gran belleza, además. Tal vez sanador por eso mismo.
Llorar
puede ser inútil, pero también son "inútiles" otras bellezas. Está bien
llorar: Puede ser el modo de expresar esa pena
que nos inunda, y el mejor modo de hacerlo. Ni golpes, ni amurramientos, ni cortes en los brazos, ni un tarro de dulce de leche, ni los brazos de un amante fugaz.
Tal vez ni siquiera estar deprimido sea una
anomalía. O no siempre. Puede que sea así como las estaciones del año,
le decía una vez a un amigo: no es anómalo el invierno y correcto el
verano. No es "malo" el mal tiempo este de hoy, ni la lluvia, ni el viento ni esas magníficas nubes.
La armonía estará en el vaivén.
O sea: la pena es buena, y nos puede traer
algún aprendizaje.
Una joven un día se dió cuenta que las únicas veces que daba paseos por la playa, sola, a veces con un libro de versos, a veces sólo mirando el horizonte, era cuando estaba "bajoneada". Y nunca había visto nubes o atardeceres más hermosos que los de esos días -de hecho, no los veía cuando estaba "bien". Creo que aprendió a contemplar sin tener que esperar los bajones; acaso si lo hizo se empezó a bajonear menos. Acaso no eran bajones sino recreos para su alma.




Comentarios recientes
hace 3 años
hace 3 años
hace 3 años